Nuestra visita comenzará en la plaza de Alfonso X el Sabio, centro de la villa, en la cual se levanta el Ayuntamiento, edificio con influencias del modernismo europeo, construido a principios de siglo por el arquitecto Manuel de Busto. De igual época es el kiosco de la música, desde el que la Banda luarquesa La Lira ofrece sus conciertos.

Dentro del parque, se encuentra el escudo de las Antiguas Consistoriales y el monolito donde está grabado el Fuero otorgado por Alfonso X. Del siglo XVIII es la antigua casa de los Marqueses de Gamoneda, que ofrece su monumental escudo en uno de los extremos de la plaza.

Cruzando el Puente Nuevo encontramos otra destacada obra modernista, propiedad de la familia Trelles, también del arquitecto Manuel del Busto.

Por la calle Párroco Camino nos adentramos hacia las plazas de la Constitución -con antiguo edificio blasonado- y a la dedicada al premio Nobel de Medicina y Fisiología, en el año 1959, Severo Ochoa de Albornoz, y a su esposa Carmen. Un pequeño monumento, obra de Ruperto Caravia, perpetúa su memoria en este lugar próximo a la casa natal -hoy desaparecida- de este insigne luarqués.

Merece visitarse -por su optimismo- la cercana calle del Lobo, por la que saldremos a la iglesia parroquial, dedicada a Santa Eulalia. Su primitiva fundación data del año 912, fecha en la que Fruela II, hijo de Alfonso III, la dona a la iglesia de Oviedo. Nada queda de ella ni de la posterior que la sustituyó, construyéndose la actual en 1879, con planos de Amador Cernuda y dirección del maestro de obras Martín Aramburu.

Conserva en su interior los excelentes retablos barrocos de la anterior iglesia, siendo de gran calidad el Mayor, cuya ejecución se atribuye al escultor José Bernardo de la Meana Destacan en él la imagen de Santa Eulalia y el templete del ático; éste de influencia rococó. Coetánea de los retablos es la puerta de entrada, junto a la que se encuentra un bellísimo Vía Crucis.

En el exterior de la iglesia, en un pequeño jardín, está el antiguo crucero que tanto llamó la atención de Mario Roso de Luna, al llevar esculpida las imágenes de Cristo y la Virgen, una por cada lado, hecho que él atribuía a la pervivencia de primitivos cultos.

Continuando la visita, dos paseos se hacen obligados. En el primero cruzaremos el Puente del Beso -evocador nombre- y subiremos por las intrincadas y serpenteantes calles del Barrio de la Pescadería para dirigirnos, a la bajada a las playas de Luarca, o de Salinas, como aquí se las conoce.

El segundo paseo nos conduce a la Llera y a Marchica, allí donde el puerto se separa por un espigón de las playas. Un original edificio llama nuestra atención, es el actual Club Náutico , que el diputado en Cortes luarqués Ventura Olavarrieta se mandó construir a finales del pasado siglo.

Empapados con la belleza de estos lugares, proseguimos nuestro camino por la dársena fijándonos en el original barómetro de la casa número 4, y en el edificio número 8, último ejemplo de las antiguas construcciones en piedra labrada que rodean el muelle, hoy desparecidas.

Llegados hasta el final de Muelle Nuevo, desde su espigón al contemplar la entrada de algún barco, nuestra imaginación quizá nos transporte a aquella época donde los veleros -de fino casco y alta arboladura- retornaban de las Américas.

Cuentan que el barrio del Cambaral -pleno de sabor marinero- es el barrio más antiguo de Luarca; por él ascenderemos a uno de los rincones más melancólicos y evocadores: La Mesa. Allí, junto al antiguo fortín de vigilancia, quince cuadros de azulejo nos hablan de la historia de Luarca, de la lucha de sus hombres contra piratas y corsarios, de su resistencia ante Napoleón, de sus veleros románticos y de los tributos en vida que muchas veces ofertaron a la mar.

Otro mosaico de considerables proporciones, situado encima de la Mesa en la que se reunía el Nobilísimo Gremio de Navegantes y Mareantes, nos recuerda su democracia medieval y el sistema q tenían para decidir si iban o no a la mar en días de tempestad: cada miembro del gremio votaba con una piedra, no saliendo cuando -al final- había mayoría de piedras en la casa; por el contrario si había más en la barca, la decisión era libre.

Unos metros más arriba se encuentra la ermita de la Atalaya; en ella se guardan las imágenes que son exhibidas en la Semana Santa, así como la talla gótica de la Virgen de la Blanca, recogida en la mar por los marineros allá en el siglo XVI.

Ermita faro y cementerio forman un conjunto que nos impresionará. Cementerio marino éste de Luarca, que trae a la memoria los versos de Paul Valéry:

Este techo, tranquilo de palomas
palpita entre los pinos y las tumbas...
Oros y piedras, árboles umbríos,
trémulo mármol bajo tantas sombras.
El mar fiel duerme aquí, sobre mis tumbas...

Une a su encanto diversos panteones de estilo modernista, muestra del arte funerario desarrollado en Asturias en el presente siglo, que aquí dejó excelentes muestras. Sobre este lugar escribió Julio Isidoro Paniagua: En él la muerte, la temida muerte, es todo paz, es todo aroma y brisa como un beso de luz y de silencio...

Carretera arriba, llegamos a Villar, que junto con el vecino lugar de Barcellina nos ofrece algunos de los mejores ejemplos de arquitectura indiana de todo el Principado, destacando Villa Rosario, Villa Excélsior, Villa Carmen y el pabellón Don Tulio del Hospital. En Villa Carmen vivió su juventud -y también en ella pasaba los veranos- Severo Ochoa, quien así evocaba aquellos momentos y este lugar:

Mi consciencia de Asturias se inicia en
la aldea de Villar, sobre la meseta que
termina en abrupto y bellísimo acantilado
constantemente batida en su base por el mar,
Allí es donde veraneábamos desde que
tengo uso de razón. Al Sur, la montaña suave,
con todos los tonos de verde imaginables;
al Norte, el mar Cantábrico, tranquilo y azul y,
en ocasiones, más que a menudo gris,
negruzco y amenazador.

Próxima se encuentra La Casona donde vivió Jesús Evaristo Casariego, renombrado escritor erudito. De regreso, una parada -obligada- en el restaurante Marisol, para admirar la interesantísima colección de viejos relojes que ha reunido el matrimonio propietario.

Volveremos a la villa bajando por la calle de La Carril, antigua entrada a Luarca del Camino de Santiago, evocado por el Padre Galo en el habla de la zona: la faliecha.

Carril vieya, carril vieya
que vas camino de Llubarca,
inda güey quieru seguite
pur mor d'antiguas pisadas.

Desemboca La Carril en un cruce del que parte la calle de La Zapatería -o de Olavarrieta, su nombre oficial- en la que está el Palacio que perteneció a los Marqueses de Ferrera. Integran el Palacio -que fue construido entre los siglos XVI y XVIII- dos sectores, comunicados por el conocido como Arco Bayón, que cruza longitudinalmente la calle; alberga una de sus partes la Casa de Cultura y la Pinacoteca Municipal y la otra la Comisaría de Policía.

Por la escalinata que parte a la izquierda, unos metros más abajo del Palacio, desembocaremos en el barrio del Pilarín, por donde cada miércoles se extiende el Mercado Semanal; cruzando su puente para llegar -por la peatonal del El Crucero- a La Farola o plaza de los Pachorros, en la que se repiten ejemplos de arquitectura modernista, destacando junto al puente de Travesía el edificio del Círculo Liceo, también obra de Manuel del Busto.

Pero, sin duda, el más hermoso entre los edificios de este estilo es el conocido como Casa de Guatemala, o Villa Tarsila, proyectado por el arquitecto Juan Miguel de la Guardia. Se encuentra junto a las Escuelas Graduadas, actual Padre Galo. No muy lejos, disimulada bajo un nuevo edificio, mantiene su son de leyendas la Fuente del Bruxo.

Este recorrido que hemos descrito para conocer Luarca no se agota en sí mismo: rincones ocultos plenos de embrujo, calle bulliciosas y comerciales, bares con popular ambiente y otros muchos atractivos ofrece al visitante esta singular Villa del occidente astur.

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